Estrelló con furia toda su fuerza a mis pies.
Implacable, sacudió el suelo y se llevó consigo de regreso, algunos restos esparcidos alrededor.La guerra fue reñida y el sol estaba por ponerse. No hubo tregua, ni persona antes capaz de evitar tremendo asalto, sobrevivir íntegro a semejante atropello y sobre todo, de esa manera tan natural pero delicadamente agresiva . Escuché como golpeaba el suelo a mis pies y el aire trajo hasta mí el rastro de su aliento húmedo y salado.Ahì, en la playa, solo nosotros dos; uno frente al otro y un nombre separándo nuestras diferencias.Se trataba de toda su fuerza contra mi afán de defender lo que me pertenece y mi ideal de dejarlo vivo sobre la arena, dejarlo sobrevivir, como una firma en el espacio, como una evidencia de mi suspiro en la costa, algún verano, alguna vez.Tras largas horas y agotados los dos, él intentando que mi objetivo , invasivo y hasta suberviso no perdure, yo defendiendo mi derecho a dejar sobre esta faz testimonio de lo que màs quiero, llegamos a un acuerdo :él prometió no llevarse aquel nombre de mujer grabado en la arena, siempre y cuando yo detenga toda acción, toda actividad o todo beso , solo para ver el sol ocultarse en el mar. Y yo, soy un hombre de palabra.Hasta hoy, cuando el sol se pone, mágicamente todo se detiene


No hay comentarios:
Publicar un comentario